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domingo, 20 de mayo de 2012

XXVII. No hay un cuchillo tan desafiante como el pretérito imperfecto.



Frío pero luminoso, una punzada de esperanza en el estómago de Rebeca tras colgar el teléfono. No un rayo de esperanza, si no una punzada, como las agujetas que le salen al que lleva mucho tiempo sin hacer deporte.

Pese a lo que debería pasar, no tenía mono de sustancias ilegales, solo tenía mono del aire frío de Noviembre por la noche tras varios días respirando ese oxígeno viciado, pegajoso y demasiado caliente del hospital; y la impotencia ante el retraso de lo que sería su libertad definitiva le dolía más que las heridas.

Aunque se había acostumbrado demasiado a no registrar caras en su cerebro (a parte de las mínimas necesarias para comprar y vender sus drogas), eso empezaba poco a poco a cambiar. En realidad, esa capacidad para olvidar nombres y caras no había sido una norma autoimpuesta en su huida. La traía adherida toda la vida. No era cuestión de memoria, más bien era un recurso de supervivencia, una de esas variaciones positivas que daban lugar a la evolución. Como el veneno de una serpiente. No, más bien como una anestesia ante el dolor de los recuerdos.

Ahora esto cambiaba. Su supervivencia de repente dependía de sus relaciones con el exterior, estaba tan encerrada que había dejado de poder valerse por sí misma. Ni siquiera se podía mover, y aunque con un par de miradas (o quizá un poco más que no le molestaba ofrecer) podría haber salido de allí, no era capaz de moverse, y una de esas miradas quizá sólo hubiese dado pena.

Mientras tanto, las punzadas se sucedían en su abdomen, como si la libertad que suponía su dieciocho cumpleaños quisiera escaparse de su estómago; y en otra parte del hospital, una chica rubia de rizos inocentes, en sudadera y vaqueros, con una mochila bien llena, preguntaba en recepción por su propio nombre. La mochila, llena con pantalones, camiseta, cazadora y zapatillas, por si la ropa que Rebeca llevaba el día del accidente se hubiera desintegrado, y bastante dinero para pagar al taxi que esperaba en la zona más inadvertida del hospital, para cuando las dos chicas consiguieran salir de ahí.

No resultó tan fácil, pero la escapada maquinada en la cabeza de Claudia de camino al hospital sin ni siquiera haberlo visto por dentro, funcionó. Conseguir la silla de ruedas para transportar a Rebeca fue fácil, no tanto mover a la chica, ni no cruzarse con ningún médico por los pasillos. En realidad, no era demasiado complicado salir de un hospital.

***

Ya en el taxi, Rebeca se mantenía en silencio, con la mirada fija al frente. Había devuelto a Claudia su cartera, pero no sus llaves; y la otra tampoco hizo ningún comentario al respecto, si bien no podía evitar mirarla de reojo cada treinta segundos. Pese a todo, eran completas desconocidas. Claudia había dado su dirección al taxista de antemano, y Rebeca no puso pegas. A Claudia se le hacía raro volver a meterla en su casa, siempre había tenido buena intuición en cuanto a los desconocidos, pero, pese a que las apariencias y primeras impresiones de Rebeca indicaban todo lo contrario, algo dentro le decía a Claudia que no era peligrosa. Al fin y al cabo, no se podía mover.

***

Tan pronto como se hubo recuperado, varios días de explicaciones escasas y silencios incómodos después, volvió a huir de la casa de  Claudia. Tenía mucho que agradecerle, pero volvía a no necesitar a nadie para su supervivencia, y no estaba preparada para volver a establecer lazos afectivos con ningún ser humano. Volvió a huir, de madrugada, eligió un jueves del ya comenzado diciembre. Nunca le dijo a Claudia que ella fue su regalo de cumpleaños, su libertad. Pero ya no era tan fácil la escapada, ya no estaba su única compañera veloz de fugas. V había muerto y Rebeca había sobrevivido, la echaría de menos. Se le escapó media sonrisa al pensar que lo único que iba a echar de menos en su vida era una moto.

Con unos gramos escondidos bajo la camiseta y un buen par de tacones, se materializó entre humo de cigarros prohibidos, entre demasiados cuerpos que luchaban por no chocar entre ellos al bailar (o rezaban por hacerlo), en mitad de una música atronadora. Un aspirar cargado de algo más que aire y se fundió con la música. Un roce, sudor. Solo aliento y vaqueros por medio, y un par de dedos deslizándose por el borde de éstos, desafiando el límite de la distancia. El capó congelado de un coche era suficiente, sobraban las palabras. No quedaba hueco para el frío entre sus piernas, así era Rebeca. Pero con las primeras embestidas, llegó el dolor. Se partía en dos a cada una, por la misma herida cosida que la había obligado a quedarse quieta semanas. Apretaba los dientes, pero no era suficiente. Temblaba, se partía. Lo empujó, se abrochó los vaqueros y desapareció. Unas rayas para ahogar esa noche de fracaso, y echó a andar por calles desconocidas. Aún era pronto, pero para ella la fiesta había acabado.

***

Apareció al amanecer. Rebeca nunca iba a ningún lado, sólo se dejaba llevar. Si veía algo curioso en mitad de su camino a ninguna parte, lo seguía, y si no cambiaba de calle cuando se cansaba de la que andaba. Al fin y al cabo, si no hay destino, no hay posibilidad de perderse, y la ciudad no le permitía andar demasiado tiempo sin tener que parar en algún sitio. Los tacones seguían clavándose firmes en el asfalto, pero las piernas le temblaban. Quizá por el bajón de la cocaína, quizá por las horas que llevaba sin comer, quizá por los kilómetros andados sobre los zapatos o por el frío que se clavaba entre sus poros.

Aún seguía todo en su sitio, como la última vez que lo vio. La gran casa blanca, rodeada de un jardín en el que eran más las malas hierbas que el césped, como totalmente abandonado. El aire se intentaba colar entre los eslabones oxidados de las cadenas que sostenían un par de columpios, cristalizadas de escarcha. El coche de su padre aparcado frente a la puerta, los cipreses rodeando la casa, preñados de pájaros en su interior. Pero todo era un tono más gris. Quizá se lo había pegado Diciembre, o quizá eran los recuerdos. Se le entrecortaba la respiración y se le congelaban los ojos, secos, por no poder parpadear. Incluso la escarcha se apoderaba del pelo de Rebeca, inmóvil tras uno de los cipreses. El que tenía sus iniciales escritas con compás.

Y al norte, algo se movió. Otra vez esa cabellera castaña de trece años pegada a un cristal. Esa sonrisa que tan dulce como fuera, casi había sido sinónimo de muerte unas semanas atrás. Esos ojos, copia de los de Rebeca, que siempre ganaban al escondite.

Era momento de volver. Volver, a ninguna parte. Quizás a casa de Claudia, quizás intentar recuperar aquel piso amueblado con cajas vacías de pizza. Pero era el momento, se lo decían sus labios astillados, sus huesos húmedos.  Era hora de quedarse dormida, aunque fuera deseando no volver a despertar. Que ya se había cansado del mundo, que prefería quedarse dormida siempre, soñando con cualquier cosa sabiendo, en el fondo, que hiciera lo que hiciera no iba a joder a nadie, y que nadie la podía despertar justo en ese momento perfecto que nunca pasaría en la realidad. Que en ese volátil mundo de los sueños no había que tomar decisiones, ni se podía equivocar, ni corría riesgos ni responsabilidades. Allí donde ni siquiera sentir que no puedes mover los pies cuando te persiguen es un problema real. 




lunes, 5 de marzo de 2012

XXVI. We can be heroes just for one day.



Lunes, veintiuno de noviembre. Doce menos cuarto de la mañana. Segundo de bachillerato, el profesor volvía a explicar el tema de meteorología, para el examen que llegaría dos días después. A Claudia siempre le había gustado pasar el tiempo muerto intentando ordenar el cielo, mirando las nubes y moviéndolas mentalmente como si de un puzle que tuviera que encajar se tratara. Además, su profesor le gustaba mucho.

-Los factores termodinámicos son aquellos que determinan la circulación general atmosférica, es decir, la sucesión de masas de aire de características diferenciadas.-Tenía treinta años, un desgastado acento asturiano y rotos en unos pantalones demasiado anchos para cualquier profesor.-Esta circulación atmosférica da lugar a la sucesión de distintos tipos de tiempo y clima.

Le costaba concentrarse en la clase. Sus pensamientos aun divagaban, confusos entre los recuerdos de la noche anterior, de Marc y las explicaciones del profesor. Quedaba muy lejos de la felicidad, pero Claudia agradecía ese raro estado de paz interior. No se había derrumbado, obviamente no había podido evitar pensar en ello, pero aun así tampoco le había dado demasiadas vueltas (o al menos de ello trataba de autoconvencerse). Se quería sorprender a sí misma. Entonces se empezaba a dar charlas mentalmente: “Sé que lo único que apetece hacer en estos casos no lleva a ninguna parte, no hace nada más que empeorar las cosas. Así que lo dejo pasar, no aguantándome, si no dejando de darle más importancia de la que tiene”. 
Pero era mentira, no podía olvidar que le habían vuelto a vencer, que aunque hubiera estado a punto de conseguir ser la mejor en algo, había aparecido una rival mucho más fuerte. Y eso era meterle el dedo en su orgullo.

Desabrochó el botón superior de su camisa para respirar mejor. Sacó un pequeño espejo redondo que guardaba en la mochila y comprobó que el suave y medido maquillaje estuviera en orden, que sus labios tuvieran el color perfecto y no le brillase la piel. Esto siempre la hacía sentirse un poco más tranquila. “Es una pequeña herida que pronto cicatrizará, ya está, no hay más”.

-…En España, la circulación en altura está dirigida por el Jet Stream, o corriente en chorro, que es una corriente de viento que circula de oeste a este, separando las bajas presiones del polo de las altas presiones tropicales.

Las altas y las bajas presiones. El buen tiempo y el mal tiempo. Los días con Marc y los días sin el. Las noches en las que notaba las mariposas en el estómago, y las noches en que las mariposas se convertían en monstruos. Incluso en meteorología había algo separándolo todo. Algo que impedía que se mezclaran dos fenómenos contrarios pero similares. También en su vida. Era Rebeca, en medio, el Jet Stream separando las bajas y las altas presiones, separándola a ella de Marc. Esta vez había provocado la tormenta perfecta. Naufragaba en sus noches sin dormir, se hundía en sus dudas y caía de golpe de los acantilados de la ilusión.

No aguantó las dos horas siguientes. Quedaba una semana para que empezaran los exámenes finales, pero no encontraba las fuerzas ni el lugar para dejar escondidas sus preocupaciones hasta que acabaran. Días semi-raros, pasaban rápido. Eran atardeceres bonitos, pero que llevaban a noches frías (y a Claudia nunca le gustó el frío porque se le agrietaban los labios y no podía controlar sus tiritones). Otoño. Caída de las hojas. Ropa de invierno en los escaparates. Marrón, gris, negro. A veces se sentía como si tuviera cuarenta años y no le hubiera pasado nada interesante en la vida, nada con lo que escribir cinco páginas, ni siquiera nada digno de contar a un nieto. Los años le parecían pasar como segundos, empezaba a darse cuenta de que tenía un trastorno con el paso del tiempo. Otro más.

Ni siquiera pudo evitar el impulso de correr hacia el enorme espejo de su habitación, para mirarse y comprobar que aun tenía casi diecisiete años, y no cuarenta. Desabrochó uno a uno, invirtiendo el mismo tiempo para cada botón de su camisa. Bajó la cremallera de la falda de cuadros escoceses del uniforme, la que, por razones “inexplicables”, medía diez centímetros menos de lo establecido según las normas del instituto. Debajo, un perfecto conjunto de color rosa claro que resaltaba el contraste de su cintura y sus caderas y embellecía sus pechos pequeños. La persiana cerrada dejaba colarse traviesos rayos de luz, que se pegaban en forma de círculos a la piel de Claudia. Le gustaba lo que le devolvía el espejo, pero aun no había recuperado del todo la calma. Encendió una lámpara pequeña de pie, y por enésima vez empezó a bajar todos los libros de la estantería, esta vez para ordenarlos por colores.

Entonces, aproximadamente media hora de intensa concentración después, sentada en su cama sobre sus piernas y rodeada de libros, mientras decidía qué violeta era más cálido que el otro, se escurrió hasta sus rodillas un papel. Era más bien como una cartulina de colores llamativos, parecía un flyer de una discoteca. Pero no era suyo, de eso estaba completamente segura. Anunciaba una fiesta de Halloween en un club céntrico. Pero cuando siguió examinándola encontró algo escrito. “Me tengo que ir a arreglar un asunto. He cogido ropa de tu armario y unos cigarros.” Luego venía escrito un número de teléfono.

Claudia estaba bastante sorprendida. No dudó en que la nota anónima era de Rebeca. Aun no había acabado de ordenar los libros, pero estaba algo más tranquila. Echó de menos una cazadora de cuero y unos vaqueros, pero sólo en ese momento, antes ni siquiera lo había notado. Dejó el flyer apartado sobre su escritorio, y continuó ordenando su estantería, una vez más. Luego se tumbó sobre el suelo cubierto de alfombras, justo en el ángulo en el que esos círculos de luz que se filtraban por la persiana morían, y con ellos como casi su única vestimenta, se hizo un ovillo y se apagó.

Volvió a despertarse envuelta en sudor a las 5 de la tarde. No había comido, y el rugido de sus tripas en sus pesadillas era un monstruo terrible. Andaba descalza por el suelo pétreo, duro y frío de su casa, en penumbra, solo alumbrada por esos círculos de luz que tanto le gustaban a Claudia, redondos como la O de la palabra otoño. Esa casa era su reino, una mansión en la que sólo vivía una niña de dieciséis años, haciendo a su antojo, y sin embargo, siempre tan ordenada y sin una mota de polvo, porque Claudia ni siquiera la compartía con él. Comía un poco de ensalada y caminaba sin rumbo por los pasillos. Hasta que echó de menos algo más, a parte de su ropa y sus cigarros. Echó de menos la llave que siempre brillaba a esa hora al lado de la puerta principal, y de paso echó de menos su cartera. En su lugar, una carta sobresalía bajo la rendija de la puerta, con el sello de un hospital. Y, relampagueante, la única y veraz opción que cruzó su mente se llamaba Rebeca.

Alcanzó su móvil y marcó el número. Aguantó cinco pitidos con el pulgar haciendo presión sobre la tecla roja, preparada para pulsarla en cualquier momento. No sabía ni qué decirle a ella, ni siquiera si Rebeca se iba a acordar de quien era. Pero tenía que hablar con ella. Había desaparecido hacía ya bastantes días, con su cartera y una llave de su casa. Nadie contestó. Volvió a intentarlo, una, dos, siete veces más. A la novena, alguien contestó.

-Lo siento, hoy no puedo pasar nada. Si quieres te mando a alguien de confianza, dime qué quieres.

Su voz sonaba seca y entrecortada. No es que anteriormente le hubiera resultado demasiado efusiva, pero esta vez no era la voz de quien estaba tumbado en un sofá viendo la televisión, desde luego.

-¿Rebeca?

Silencio al otro lado. Respiración agitada.

-¿Quién eres?-Casi un susurro.
-Soy… soy Claudia, la chica que… Marc… bueno, no se, ¿sabes quién soy?- Por un momento temió que la colgara, había sido tan incrédula de llamar a alguien que probablemente le había robado dinero y documentación. Aunque entonces, ¿por qué le había dejado su móvil apuntado?- Me dejaste tu número apuntado en un flyer, en mi casa, la otra noche… Luego no estabas.

-Sí, se quien eres. Escucha, necesito un favor. Sé que no hay motivos para que me lo hagas, que te he robado la cartera y tu ropa, pero tengo un problema. Bueno, en realidad la cartera no la cogí adrede, estaba en la cazadora. Pero si llega una carta a tu casa, cógela antes que tus padres.

-¿Qué? Espera, no te referirás a una carta de un hospital que…

-¡Sí!-La interrumpió- Escucha, sé que no nos conocemos de nada, pero necesito que hagas esto por mí. Esa noche, la que dormí en tu casa… Tuve un accidente, desperté en el hospital. Tu cartera estaba en la cazadora que te quité, y pensaron que esa era mi documentación. Aunque bueno, creo que no se fijaron demasiado en la foto del DNI. Es igual, quiero decir, si ya tienes la carta, escóndela. Que no la vean tus padres, por que pone que eres tú la que está en el hospital. Sé que esto no puede durar mucho sin que alguien se entere, por eso necesito que hagas lo posible por sacarme de aquí.

Claudia estaba muda. Sin embargo, sólo salió de su boca un “está bien, haré lo que me digas”.

Esa no era una tarde semi-rara. Era una tarde rara de cojones, más rara aún que todas las últimas tardes de su vida, incluso más que la mañana en la que todo empezó a cambiar, en el parque con Marc, cuando apareció Rebeca por primera vez.

A las 6 y media de la tarde parecía que la tormenta ficticia había amainado un poco. Seguía lloviendo en su estómago, pero era una lluvia fina, ya no daba tanto miedo. Pero seguía mojando, ninguna pieza había conseguido encajar. No sabía qué hacer, hacia dónde caminar. Sabía que Rebeca era la dirección absolutamente contraria, pero ya le había dicho que sí, y aunque no sabía por qué daba la mano a su rival imaginario, no podía evitarlo. Estaba claro que su naturaleza era equivocarse una vez tras otra, que no podía cambiarlo. Llevaba, no solo todo el día, si no más bien, toda su vida igual. Se había engañado a sí misma, seguía sin aprender. No era fuerte, ni inteligente, ni mínimamente capaz de controlar sus sentimientos. Se sentía muy idiota, se auto traicionaba continuamente. ¿Por qué no era capaz de mantener un “nunca más”? O al menos, un “esta vez no”.

Contra el orden como regla de su vida, obviando su pánico al olor a muerte de los hospitales, a las batas blancas, al metro de Madrid cuando ya estaba oscuro, olvidando con esfuerzo lo mal que le sentaba que se le fueran a partir los labios con el frío, no pensando, por una vez, en el resfriado que podía pillar, o las mil enfermedades que se le iban a contagiar en ese hospital, buscó unos cualquiera entre sus decenas de vaqueros y aquella sudadera que se compró en Barcelona hacía varios meses, la blanca de I LOVE BCN, y las deportivas que casi nunca usaba. Lo más cómodo (y por ello menos utilizado) que tenía a mano, para una noche que ya empezaba a bajar sobre Madrid y que amenazaba con ser larga.

Y aunque cada gota de sudor, lágrima o resto de saliva suyo, incluso hasta la cera de sus oídos que limpiaba cada mañana estuviese impregnada de ese agridulce olor, aunque lo despidiese por los cuatro costados, Claudia se negaba (y lo haría siempre) a asumir ante ella y ante el mundo que no era más que una pastosa mezcla grisácea de intentos fallidos, de aspiraciones quizá demasiado superiores a lo que ella podía alcanzar; de patologías, costumbres y obsesiones inventadas y adquiridas en aras de ser algo diferente al resto de sus homoformos vacíos y estandarizados.

Pero ella cogió su mochila, con todo lo que intuyó necesario dentro, y miró por última vez los superhéroes de plástico del último nivel de su estantería, antes de querer convertirse en el antihéroe de carne y hueso.



martes, 10 de enero de 2012

XXV. Jugamos a ser humanos en esta habitación gris.


El cristal del vaso reflejaba el pelo color fuego de Amélie. Dentro, las llamaradas naranjas parecían romperse entre los tres hielos de la copa, de aristas desgastadas por los segundos y el calor; y acababan fundiéndose con el líquido del mismo color. Naranja.

Antes de darse cuenta, con los ojos cerrados y ensimismada por el sabor metálico del último trago, su mente estaba ya lejos de todo aquello. Lejos de ese bar anclado en la América de la Segunda Guerra Mundial, poblado por una fauna humana de todas las edades repartida en lujosas mesas, engalanados con caras camisas de seda y vestidos de tiendas prohibitivas; lejos de ese camarero de excitante piel negra, de ojos verdes chispeantes y blanca sonrisa perfecta que le había guiñado un ojo media hora antes; lejos del reflejo de su pelo en el cristal; lejos de Ángel, que había huido mientras la creía dormida, ahogado en buen perfume; incluso lejos de sus recuerdos eléctricos y dolorosos.

Solo cerca del tacto líquido, áspero, del sabor añejo del último sorbo de ese whisky frío fundiéndose en su lengua.

Su mente divagaba, quizá fruto del alcohol, de la momentánea soledad o de la dureza del recuerdo. Se materializó inconscientemente en aquella esquina, la de sus años más grises e insípidos, a la que nunca habían llegado los sueños, tan solo entes hundidos en la desesperanza y la anhedonia. Volvió a entrar a aquel bar, y el gris insípido se transformó en amarillo amargo, rancio.

Era culpa del alcohol. O quizá del camarero, seguro que él había vertido algo en su copa antes de servirla. Estaba anestesiada. No, la verdad es que no creía que fuera culpa del camarero. Eran los recuerdos, el whisky con naranja, Eva, el amarillo que volvía a oler a rancio. Volvía a divagar, su mente se estaba escapando, se perdía en un laberinto compuesto por  dos calles, una gris y otra amarilla.

Por eso se volvió a sorprender-y lo haría mil veces más- cuando consiguió abrir los ojos, buscando allí una cuerda a la que agarrarse, un ovillo de lana que ir soltando según avanzaba en su laberinto para no pasar dos veces por el mismo lugar, para no perderse. Y delante de ella se encontraba su luz, su salvador. Era infinitamente mejor que el ovillo de lana. Ni siquiera era amor convencional lo que la aferraba tan fuerte a él; era más que eso, era adoración. Era la gratitud hacia quien te salva la vida, la fe ante tu ángel de la guarda, la pasión del primer amante… Eran sentimientos demasiado fuertes que intentaban de nuevo abrirse paso entre la espesa niebla que turbaba sus sentidos, entre esa anestesia que la dormía despierta.

Tanto que tampoco se dio cuenta de esa sonrisa lenta e inocente que llegó sola hasta sus labios cuando aquel camarero, el que le había envenenado la copa, ese con el que había bromeado a cerca de su edad, le guiñaba de nuevo el ojo desde detrás de la barra. Qué guapo era. No, él no le había hecho nada a su bebida. No sentía nada, su mente seguía volando como una mosca que es incapaz de estar quieta en un sitio más de cinco segundos. Y su cuerpo, con su mente fuera de él, tampoco era capaz de sentir nada, ahora que había consumido el último sorbo de whisky.

De hecho, aun seguía abstraída cuando Ángel la cogió del brazo y la sacó del local. Y su piel seguía tan indiferente que ni siquiera notó lo exageradamente fuerte que la gran mano de él se aferraba como una tenaza en torno a la diminuta muñeca de ella, ni de la negligencia con la que la arrastraba tras de si, ni de que ya era de noche fuera de aquel bar. No se dio cuenta de la ira que hervía en las venas emponzoñadas de Ángel hasta que éste cerró la puerta de la habitación con un portazo que parecía capaz de derrumbar el hotel entero, la agarró de las muñecas y la empujó contra el espejo. Y tampoco entonces se inmutó.

Luego Ángel comenzó a gritarle muy cerca de la cara, pero Amélie no estaba allí. No estaba en ninguna parte. “¡No eres más que una puta!, ¿me oyes?  ¡Una puta!” consiguió oír-aunque su cerebro se negase a entender- en una fracción de tres segundos en la que su espalda quedaba a ocho centímetros del cristal para automáticamente volver a estallar contra él en otra de las sacudidas de Ángel. Pero no le importó.

Am no lloraba, no sentía dolor. Ni siquiera rabia o miedo. Estaba abstraída, igual que cada una de esas miles de veces en las que había tenido que venderse, que dejarse ultrajar en aquella esquina que a veces parecía convertirse en rincón para abrazarla. Era como si se pusiera un escudo invisible que la protegiera de lo externo. Como si su sistema nervioso se hiciese gas, como si nada llegase a su cerebro. Como si éste se acabara de evaporar.

Quizá por esa razón tampoco notó las pupilas excesivamente dilatadas de Ángel, el temblor desmesurado de sus manos y lo insólito de esas gotas de sudor en su frente en pleno noviembre cantábrico cuando ese hombre de camisa blanca, ese que había dejado la condición de ángel que le inculcaba su nombre propio en standby, soltó sus muñecas en un último golpe en el que el cristal llegó a quebrarse, dejándola escurrirse hacia el suelo apoyada en el espejo.

Ahora él estaba de espaldas a ella, sentado en uno de los sofás de la suite, con la cabeza agachada y su cuerpo detonando en pequeñas convulsiones. Ella, sentada en el suelo dos metros atrás, con la mirada perdida y ni el más mínimo síntoma de tensión en su rostro, vacío. El silencio interno de Amélie, el gas que era por dentro parecía haber escapado por alguna fuga, haberse extendido por toda la habitación, apagando cualquier sonido. Inconscientemente abrió su mano izquierda, algo le molestaba. Apareció un papel arrugado que escondía entre sus pliegues nueve cifras seguidas de una inicial: S. Ni siquiera se acordaba de cuándo le había dado eso. Sergio.

Amélie se levantó, reptando por el espejo como una araña. Su piel incolora parecía más fría aun entre los mechones de su pelo ígneo. Bajó sus manos hasta el borde inferior de su camiseta, la azul que caía en su hombro, y se la quitó. Se quitó los zapatos, pero dejó sus vaqueros puestos. Parecía un fantasma ante ese espejo quebrado, incluso su piel, maculada de rojo sanguíneo intermitentemente, parecía transparente. Se acercó en silencio por detrás hacia Ángel. Aun llevaba la camiseta en la mano, y él no era consciente de que ella estaba detrás. Amélie vio en ese momento a Ángel indefenso ante ella, sonrió ante la posibilidad de atacarle por la espalda. Sujetó la  camiseta azul con ambas manos, las separó para que la tela quedara tensa. 

Dio un paso más hacia Ángel, él seguía sin notar su presencia. Serían unos segundos. Luego cogería la cartera de Ángel, el coche alquilado, correría al aeropuerto y cogería el primer vuelo a donde fuera. No era el plan perfecto, pero era una opción tentadora. Lo pensó mejor, no sabía conducir. Pero podía convencer (u obligar) a Sergio, el camarero para que la sacara de allí. La idea iba y venía en oleadas, al mismo ritmo crescendo en que volvía a tener el control de su mente. En el fondo no tenía nada; nada que perder.

Luego, como otra ola que borra las huellas en la arena, volvió a pensarlo. Tampoco tenía nada que ganar. La sangre volvía a fluir en sus venas, ardiendo. Dejó caer la camiseta al suelo. Se inclinó sobre el sillón, acercó su cara a medio centímetro de la nuca de Ángel. El aire que salía de entre los labios de Amélie, ese cargado de dióxido de carbono, aire ya respirado, moría en cuestión de milésimas de segundo contra la piel de Ángel. Deslizó sus manos pequeñas sobre los hombros de él, inmóvil, las dirigió al primer botón de su camisa blanca impecable y comenzó a desnudarle, mientras él, con su cabeza aun agachada y los temblores ya extintos, se dejaba hacer.

Amélie estaba prácticamente tumbada sobre el torso de Ángel. Con su cadera apretada contra la cabecera del sillón, su tripa tersa se vertía por el pecho de él, sus manos habían acabado con los botones de la camisa y comenzaban con el pantalón. Las manos de Ángel, hasta ese momento muertas, comenzaban a hacer maniobras a través de la piel manchada de sangre de Amélie, en contra de la cremallera de ella.

No aguantaban más. La ira de Ángel se había transformado en lujuria, y Amélie comenzaba a derretirse. Ella se había sentado sobre las piernas de Ángel, de espaldas a él, que arrancaba con sus dientes el sujetador de Amélie, mientras sus labios no podían evitar acariciar el óxido y la sal teñidos de rojo de las heridas recientes en la columna vertebral de ella.

No quedaban más que sentimientos desgarrados y saliva amarga extraviada en la piel de aquellas dos personas desnudas a cada violento movimiento de las caderas de Amélie sobre aquel sillón que probablemente destrozarían esa última noche de irrealidad. 

sábado, 7 de enero de 2012

XXIV. Oh take me from the hospital bed. Wouldn´t it be grand? It ain´t exactly what you planned.


Bip, bip, bip, bip. Un pitido intermitente, regular y constante, como un metrónomo digital a setenta pulsaciones por minuto. Eso es lo primero que escuchó. Después se fueron despertando el resto de los sentidos. La aspereza de una tela rígida cubriendo sus piernas desnudas, el olor a anestesia, plástico y enfermedad, e incluso el sabor de la sangre seca en su boca. Inevitablemente se intentó mover, y la sábana que la cubría pareció incendiar cada centímetro de su piel. Algo después esos pitidos fastidiosos la llevaron  a imaginar los latidos de una especie de corazón-robot; y se dio cuenta de que quizá serían los del suyo propio. Y, por tanto, que aunque no recordase más que los labios de su hermana susurrándole disparos, seguía viva.

Estaba despierta, pero las heridas que había causado el accidente seguían ahí. Aún no había abierto los ojos, ya que tenía miedo de lo que se podía encontrar. Estaba tumbada en una cama, y eso era lo único de lo que estaba segura. No sabía hasta qué punto podía llegar a ser malo lo que la esperaba cuando abriera los ojos; pero, aunque el miedo bloquease los músculos orbiculares de sus párpados, tenía que averiguarlo. Le costó setecientos diez pitidos abrirlos. Y otros setecientos diez volver a pensar con claridad. Una de esas habitaciones de hospital con paredes pintadas de un irónico verde esperanza se elevaba a su alrededor, y eso no eran buenas noticias. Tampoco lo serían estar muerta, ni estar en la casa de la que llevaba tanto tiempo huyendo. Definitivamente, el propio accidente no había sido una buena idea.

Rebeca pensó en desaparecer, en que desearía sobre todas las cosas ser incorpórea, sólo alma, solo esencia. A veces lo conseguía, se evadía del mundo, se libraba de las cadenas materiales del cuerpo para desvanecerse en el aire. Pero ahora no tenía drogas que la elevaran y la transportaran. Sólo quería seguir adelgazando; que los cuarenta y cinco kilos adheridos a sus huesos se convirtieran en gramos y el viento entrara por esa ventana de la izquierda y la balancease en sus brazos como a una pluma, sacándola de allí. Cerró los ojos y esperó a que su respiración fuera inconsciente. Intentó no pensar en nada, pero le aterraba que esos médicos descubriesen la verdad, que algún tipo de policía hubiera encontrado la cocaína que guardaba en la moto, o peor aún, que intentasen llevarla de vuelta con su familia (o lo que quedaba de ella). Y justo ahora, que imaginaba que quedaba -aunque no supiera exactamente qué día era- menos de cinco días, suponiendo que no hubiera sido ya. Ahora que estaba justo a punto de conseguir librarse de todo, de las búsquedas y los escondites obligados, las huidas literales... 

Volvió a querer desaparecer, como siempre. Hizo ademán de moverse, con toda la intención de quitarse la vía intravenosa y escaparse de allí. Pero al mínimo intento de revolverse sintió como que le estallaba la piel. Se miró: tenía el brazo derecho totalmente cubierto de costras recientes –no debía llevar mucho tiempo allí; sólo recordaba que el día que vio a su hermana era la mañana del dieciséis de  noviembre-; y su brazo izquierdo estaba cubierto por una escayola. Sus piernas estaban también cubiertas de heridas, profundas, pero no parecían demasiado graves, solo dolorosas. Sin embargo, lo peor estaba en su abdomen, vendado. No pudo evitar levantar la gasa, y le ardió un corte que ascendía desde dos centímetros a la izquierda de su ombligo hasta su costado; al contacto con el aire. Unos veinte centímetros cosidos con incontables puntos de sutura. No tenía muy buen aspecto.

“Joder”.

Estaba atrapada, como nunca. Ni siquiera tenía algo que meterse para desvanecer el dolor y sentirse libre. Tenía que enfrentarse a la realidad que llevaba tanto tiempo evitando, a la fuerza. 

Toc, toc toc. Llamaban a la puerta. Sin esperar respuesta, un enfermero que no llegaba a los cuarenta, moreno de pelo y de ojos castaños, se acercó a ella. A su derecha había una cama vacía, estaba sola en la habitación.

-Parece que ya te has despertado.-El enfermero sonrió. –Voy a curarte esas heridas, y ya que te has despertado te traeré los analgésicos para que los tomes tú en vez de meterlos en la vía, ehhm… -miró una tarjeta buscando el nombre de la paciente- ¿Claudia?

Rebeca se quedó atónita. Al menos era un rayo de esperanza, su familia no sabría nada. Asintió, nunca se le había dado mal mentir.

-Bien, Claudia. No encontramos nada más que tu DNI y tu teléfono móvil, pero en ninguna parte un teléfono para llamar a tu familia, debemos hacerlo porque eres menor de edad. Pero no te preocupes, hemos mandado una carta a tu casa, bueno, a la dirección que ponía en tu DNI.
-Está bien.- “Mierda” pensó. ¿Qué hacía ahora? Había dejado escrito su teléfono en algún lugar en la habitación de Claudia, pero por lo visto ella no lo había encontrado, o no tenía ninguna intención de llamarla. 

No la había cogido adrede. La cartera, con el DNI de Claudia en su interior debía de hacer estado en la chaqueta que le "tomó prestada" a Claudia la madrugada del accidente; pero de momento, aunque no la hubiese salvado, le daba unos minutos más de vida. Pero si llegaba esa carta a casa de Claudia sería el fin. Probablemente la cogerían sus padres, y cuando se dieran cuenta de que había un error avisarían al hospital. Rebeca pensó en la posibilidad de escaparse de allí otra vez, antes de que esa carta llegara a la casa. Pero el escozor de la herida de su vientre al acariciar la pomada cicatrizadora que le extendía el enfermero le volvió a recordar que eso era imposible. Al menos durante unos días. Ahora solo le quedaba inventarse una divinidad a la que pedirle misericordia, o el milagro de que Claudia la llamase.

-Disculpe, señor…
-Antonio, me llamo Antonio- volvió a sonreir.
-Antonio, ¿me podría decir qué me ha pasado y cuántos días llevo aquí?
-Mmmm, espera. –Volvió a mirar esa tarjeta en la que había encontrado el supuesto nombre de la paciente- Parece ser que tuviste un accidente en moto en un cruce enfrente de la Cibeles. Calle de Alcalá con el Paseo del Prado. Parece ser que te saltaste un stop y un coche chocó contigo por tu derecha. La verdad es que tuviste suerte, porque tu moto quedó destrozada. Tienes todo el cuerpo sollado de la caída, una brecha en la frente que creemos que no te va a traer ninguna complicación importante pero debemos tenerte en observación. Además una doble fractura de cúbito y radio en el brazo izquierdo que operamos esta mañana. Sin embargo… Claudia, lo peor es lo de tu vientre. Creo que ya lo has visto, tienes un corte, una llaga de dieciocho centímetros en tu abdomen bastante profunda que ha podido dañarte órganos vitales como el estómago, y quizá incluso el pulmón. No tememos por tu vida, pero has perdido mucha sangre…

Luego le dijo que había estado a punto de entrar en coma, la enorme pérdida de sangre la había dejado inconsciente y la transfusión no había podido ser inmediata, pero ahora en cuanto a eso estaba bien, sólo baja de defensas, de hierro, de vitaminas y esas cosas. Y que lleva allí cuatro días. Era domingo, veinte de noviembre, y el siguiente día se acababa su tiempo de espera y el plazo del mundo para encontrarla. Veintiuno de noviembre, iba a celebrar su dieciocho cumpleaños, su definitiva libertad, encerrada en un hospital desconocido, en una identidad falsa, en un cuerpo destrozado.

lunes, 2 de enero de 2012

XXIII. Mentirte era Rock’n’Roll oculto en cada rincón.


Le dolía la tripa. Le dolía hasta reventar. Se retorcía bajo las sábanas, incapaz de enderezarse y levantarse de la cama. Gracias a Dios que era domingo. Su madre venía ese mismo día, pero sólo podía estar en casa unas horas. Llegaba de Barcelona a las doce del mediodía, y esa misma noche tenía que asistir a la inauguración de una exposición de fotografía. A Claudia le quedaban unas horas antes de que su madre llegara a casa. Hacía un mes que no la veía, pero a penas la echaba de menos. Se había acostumbrado a su ausencia, al igual que a las intermitencias de su padre y su despreocupación, por lo que, aunque a veces se sintiera demasiado sola, ese domingo era uno de esos días en que casi le incomodaba ver a alguno de los dos.

Llevaba varios días con ese dolor de tripa, pero hoy era más fuerte. Quizá no era la tripa exactamente lo que le dolía, pero era horrible. Le dolían todas y cada una de las partes de su cuerpo a la vez, pero especialmente el abdomen. Se acordó de la clase de filosofía de última hora del viernes, de Platón, de su abdomen, y de que Platón situaba ahí al alma concupiscible, el caballo negro, el malo, que ahí se guardaban los placeres sensibles. “¿Y qué coño era eso de los placeres sensibles?” Pensó, mientras se abrazaba la tripa como si algo dentro de ella luchara a muerte por escaparse. “Algo tendrá que  ver con todo, con ellos”. Ellos. Ellos respondían a nombres: Marc y Rebeca. Su objetivo y su oponente. Ese maldito dolor había comenzado después de la última pesadilla. O lo que es lo mismo, después de esas intensas horas, de refugiar a Rebeca en su casa, y, sobre todo, después de que ésta desapareciera.

Habían pasado ya cinco días, pero parecían años. El dolor y la inquietud hacían los segundos interminables. Se acordó de un día, en el que su madre la llamaba para salir de la bañera. A Claudia le encantaba encender la radio mientras se bañaba. Ponía cualquier disco, después se metía en la bañera, llena hasta casi desbordarse, y sumergía la cabeza para escuchar el sonido de la música distorsionado por el agua. Cerraba los ojos y se imaginaba ser la protagonista de cada canción. Entonces, su madre la llamaba, le decía “Claudia, venga, sal ya que llevas ahí dentro una hora, se te van a arrugar los dedos como pasas”. A veces incluso se le había acabado el disco cuando su madre la llamaba. “Mamá, déjame un minuto más”, y volvía a meter la cabeza en el agua mientras su madre seguía hablando. Luego ésta decía “Venga, que ya ha pasado un minuto” “No, aún quedan tres segundos”. Uno, dos, tres. Y Claudia salía del agua, toda arrugada, como una pasa. Y fuera del baño esperaba su madre. Claudia se acordó concretamente de un día, en que su madre le confesó que nunca entendió por qué la gente se empeñaba en dividir el tiempo en fragmentos y ponerles nombre. Segundos. ¿Y qué eran los segundos? A veces nada, a veces eternos, eran aire. Ella siempre pensó que no había más subjetivo que el tiempo. Pero Claudia sonreía, en silencio. A ella le gustaban más las cosas ordenadas, catalogadas, enumeradas y contables.

Pero ahora le parecía que su madre tenía razón.

Volvió a mirar el reloj: irónicamente esa vez había pasado más tiempo del que pensaba, y aunque el dolor no había cesado, era hora de levantarse, ducharse, vestirse e ir a ver a su madre. En el fondo sí que la echaba de menos, asique buscó entre enormes cantidades de fármacos la cajita del Nolotil. No, no iba a ser una ducha, mejor uno de esos baños que hacía tiempo que no se daba. Esta vez, lo que sonaba de fondo era La Valse D’Amélie, de la película Amélie.

Tenía una Blackberry y comía un montón de shushi perfectamente con un par de palillos chinos. Llevaba el pelo castaño –que resaltaba unos ojos azules que la hacían inconfundiblemente madre de Claudia-, ondulado, quizá demasiado largo para sus cuarenta años, pero lo cierto es que no aparentaba más de treinta y pocos. Una americana azul marino, con vaqueros y tacones de aguja, nunca se los quitaba. Se llamaba Valeria. Claudia la veía más guapa que nunca, o quizá porque hacía tanto tiempo que no la veía que sus rasgos habían quedado en la arbitrariedad de su imaginación.

La comida no salió de la línea de todas las comidas puntuales que tenía con su madre, cuando ésta pasaba casi por casualidad por casa. Que qué tal papá, qué tal el instituto, qué tal sus amigas, que si se había echado novio, que tuviera cuidado y usara protección siempre, que qué guapa estaba, que crecía por momentos y que “toma cariño, te he traído esto de Barcelona. Es un vestido, para cuando vayas a las discotecas con tus amigas”.

Valeria nunca se enteraba de nada. A su padre casi ni lo veía, de hecho, hacía varios días que no aparecía por casa, estaba fuera por algún negocio y llamaba cada dos días para comprobar que Claudia seguía viva. El instituto… había pasado de ser lo principal a adquirir un papel muy secundario en su vida. Sí, mantenía las excelentes calificaciones, pero no ponía empeño en superarse, había perdido el interés (o más bien otros asuntos se lo habían arrebatado). Sus amigas… bf apenas veía a aquellas chicas. Más que amigas, eran sus seguidoras, aunque últimamente todas se habían buscado novios, y ya no seguían tanto a Claudia. Y no, no tenía novio. De hecho, nunca había tenido novio, nada fuera de rollos de una o dos noches a lo sumo. Y realmente nunca había estado segura de querer uno, Claudia era física, no química; era razón y no corazón, aquello estaba un poco enterrado. Y luego estaba Marc. A él si lo quería, o lo había querido, al menos, pero eso fue un fracaso. El primer chico que le gustó, y había acabado mal. Aún seguía sin saber nada de él desde aquel día, que parecía mil años atrás, y sólo habían pasado cinco días. Y lo de la protección… “¡Joder, mamá, si soy virgen!”. Lo pensaba, pero no se lo decía. Ni eso ni todo lo demás, ¿para qué preocuparla si no estaba nunca en casa? Era mejor dejar que la vida siguiera, que su madre siguiera pensando todo aquello, ya que, aunque algo le dolía lo poco que sabía su madre de ella y no contarle sus cosas, tenía muy claro que era mejor así.

-Mamá, ¿qué te parece si te acompaño a esa exposición y así estreno el vestido para que me lo veas puesto?

Sí, lo mejor era intentar pasar todo el tiempo posible con Valeria, aprovechar ese poco tiempo que iba a permanecer allí. Además, no le vendría mal para dejar de pensar en todo lo demás.

La inauguración comenzaba a las diez en una sala de aspecto grunge, pero amplia, en la que nadie parecía encajar del todo con esos vestidos de fiesta. Una adolescente alta y rubia sobre unos tacones de aguja, luciendo un vestido de lentejuelas color nude y una blazer color coral, caminaba al lado de una imponente mujer castaña, muy guapa. Eran Claudia y Valeria. Claudia se separó de su madre para echar un vistazo a las fotografías, mientras su madre hacía unas llamadas al museo para el que trabajaba, dando una primera impresión de la exposición. De vez en cuando se interesaban por artistas jóvenes e incluso a los mejores les permitían exponer en alguna sala del museo. Pero el vistazo de Claudia no duró mucho. Comenzó a sentir algo raro, como un zumbido en sus oídos que la hizo ponerse alerta, como un instinto animal. Entonces, lo escuchó. "Joder". Y se dio la vuelta y un par de ojos gigantes celestes se lo confirmaron, justo en el momento que se daba cuenta de que no quería verle. Y lo mejor era que él también la miraba a ella.

Se dio la vuelta rápidamente, buscó a su madre con la mirada, pero nada, Valeria seguía con su Blackberry pegada a la cara, trabajo al fin y al cabo. Claudia vio una puerta y avanzó lo más rápido que le permitía la gente hacia ella. Detrás, al aire libre había un par de escaleras que bajaban a un patio. Bueno, en realidad era una piscina lo que había allí abajo. Se sentó, se descalzó, y metió los pies en esa agua, que pese a ser noviembre y estar casi congelada no estaba tan sucia. Encendió un cigarro, había metido el paquete bajo su vestido, entre las braguitas y su cadera. Sí, se estaba manchando el vestido nuevo, pero no importaba. Era raro que no se pusiera histérica por mancharse un vestido, además teniendo en cuanta que lo acababa de estrenar, pero ese día era una excepción. Últimamente su vida se estaba llenando de excepciones.

Clac, clac, clac. Era el sonido de las botas nuevas de Marc al estamparse contra el suelo de esos escalones. Claudia lo sabía sin mirar, lo estaba esperando resignada, con la esperanza recién perdida de que no viniera. Aunque estuviera de espaldas y no fuera capaz de mirarle, Claudia supo que estaba a punto de escuchar la respuesta a sus mil porqués, y comprendió que no estaba preparada para escucharla. Sin embargo, también sabía que la vida nunca esperaba a que estuvieras preparado, asique la voz rasgada, el sonido de garganta rota de las palabras de Marc comenzaron a matar la distancia entre ambos.

-Sabes, al principio no sabía por qué tanto rollo entre razón y corazón, para mí eran uno solo que se llamaba Rebeca. Luego, todo se difuminó. Nunca dejó de haber Rebeca, pero los límites se iban borrando, se perdían poco a poco hasta que no existieron. Entonces apareciste tú, desplomada a media noche en nadie sabe dónde, y yo sólo me esperé a tu lado intentando reanimarte. Yo no soy así, ¿sabes? Quiero decir, que no sé si me hubiera parado a intentar ayudarte si no hubiera sentido ese nosequé que me empujó a hacerlo. Es otra vez la tontería del sexto sentido ese, o la versión Marc del instinto femenino, o como lo quieras llamar. Es una tontería, igual es solo fruto de la casualidad, pero quiero ponerle un nombre, no lo sé. La cuestión es que me paré a tu lado, ¿vale? Y la mierda esa de instinto hizo que me gustaras, y mi corazón me lanzó a intentarlo de verdad contigo. Pero el corazón se equivoca, no quiero decir que se equivoca en plan como cuando te hacen daño y piensas “Oh, Dios mío, si no le hubiera hecho caso al corazón ahora no lo estaría pasando tan mal”. No, no me refiero a eso. Lo que digo es que a veces el corazón no tiene ni puta idea de lo que quiere.

Algo en Claudia no pudo evitar mirarle, no quería hacerlo, pero era como cuando veía películas de miedo de pequeña, que se tapaba toda la cara con sus pequeñas manos, pero aun así intentaba ver la película por las rendijas de entre los dedos.

-Joder, no Claudia, no digo eso. ¡No me pongas esa cara! No me malinterpretes, no digo que no te quisiera. De hecho me había enamorado de ti, eras especial, tanto o incluso más que ella, y ya sé que las comparaciones son odiosas, pero tú no tienes por qué envidiarla. Tú brillabas y por eso me enamoré de ti en cuestión de segundos, desde que casi tropiezo contigo tirada en el suelo hasta que conseguí que despertaras. Cuando abriste los ojos, Claudia, la primera milésima de segundo en que me viste, yo ya me había enamorado de ti. Pero entonces, cuando parecía que todo iba bien aunque acabáramos de conocernos, volvió la razón para decirme que me había enamorado de ti sin haberme olvidado de Rebeca, y que ella iba a estar siempre ahí, que su imán iba a ser, inevitablemente, más fuerte que el tuyo. Pero eso tú lo viste a la vez que lo vi yo.

Si, Claudia lo vio escrito en sus ya de antemano grandes ojos, en ese momento abiertos como platos ante la figura de una aparente desconocida que no lo era tanto. Respiró hondo, tomó aire, pero se dio cuenta de que no tenía nada que decir, o al menos no sabía cómo hacerlo. Solo deseaba que en cualquier momento un gran pulpo, uno de esos gigantes, un kraken, la enganchara con sus tentáculos y la sumergiera en el fondo de esa gélida piscina.

-Vete. Vete, Marc, por favor.

De nuevo la suela de sus botas estalló contra el suelo, si bien esta vez a cada paso se llevaban pegado como un chicle cualquier resto de esperanza.

Claudia se sentía como después de esas pesadillas que tenía. Aliviada, ya tenía su respuesta, si bien era bastante parecida a la que había imaginado. Y a la vez inquieta. Comprendía, aunque también era algo que había sabido desde el primer momento, que Marc era especial, muy especial. Por ello le sorprendió tanto eso de que ella también brillaba. No en el plan de tener superpoderes, ni magia, ni esas chorradas. En el sentido de que hay personas que por unas u otras causas pueden tener algo que las diferencie especialmente del resto. Marc era así. Y Rebeca también. ¿Y ella? Marc acababa de decirle que brillaba, que no tenía nada que envidiar a Rebeca, pero sin embargo volvían a no elegirla. Siempre había alguien por delante de ella, y Claudia no lo soportaba, necesitaba ser mejor en algo, destacar. En ese momento, como nunca, estalló la supernova de sus inseguridades. Y con ella, no pudo evitar lágrimas de rabia hacia sí misma, por no ser lo suficientemente especial para haber ganado una batalla que no supo que existía hasta que la había perdido.

lunes, 26 de diciembre de 2011

XXII. Yo que encontré mi lugar en el color de tus ojos.


Habían pasado tres días desde aquel día en que Rebeca no apareció en el callejón de la juguetería con la cocaína, y aun sentía como un puñetazo en el pecho cada vez  que se acordaba de ella, que era  aproximadamente cada dos minutos. Media hora después de que su reloj marcase la hora exacta esa mañana del dieciséis de noviembre, la hora a la que había quedado  con ella, sintió ese primer puñetazo. No sabía qué le había podido pasar, por qué no llegaba. Su sexto o séptimo sentido le decía que había problemas, pero no quería imaginarse lo peor. Abrió uno de esos chupachuses que cambiaban de color, a los que llevaba siendo adicto casi diez años. Se ajustó los grandes cascos en las orejas y se retiró el mechón de pelo negro que le molestaba en los ojos. A ritmo de Lou Reed todo era más fácil.

Decidió intentar dejar de pensar en ella, pero le resultaba imposible. Centró su atención en el ordenador portátil en el que estaba intentando retocar las últimas fotos a última hora para una exposición suya que se inauguraba el día siguiente. Era sobre personas, concretamente sobre sentimientos. Modelos de todas las edades, gente  corriente con una chispa especial que había llamado la atención a Marc, nada más. La idea se le ocurrió tras aquel primer contacto con Rebeca, aquella tarde cualquiera con un par de colegas en un banco echándose un último porro antes de decidir a dónde ir, y esa ventana transparentando quizás adrede su cuerpo. En apenas dos semanas ya tenía doscientas fotografías, de las que seleccionó cincuenta, que en ese momento terminaba de retocar. Y en todas, escondida donde menos se apreciaba, una minúscula cifra: setecientos  diez. Lo hacía en todas, absolutamente todas las fotografías que hacía, era como un homenaje en secreto a Rebeca, aunque ella jamás lo entendiera, quizás ni siquiera se diese cuenta de que esa cifra estaba allí escondida en alguna parte de la fotografía. Era un recuerdo del primer día que fotografió a una persona.

Dos horas después ya había acabado con las fotografías, el último día a última hora, como siempre. Le había dado tiempo, sin embargo ahora que había terminado el trabajo volvía estar a la intemperie, expuesto a no dejar de pensar en qué le habría pasado a Rebeca, expuesto a esos molestos puñetazos.

Se acordó de Edu y Carlos, sus amigos. Bueno, en realidad no hacía mucho tiempo que los conocía, y no sabía si considerarlos amigos o no. No tenían muchas cosas en común, pero al menos ellos se habían abierto a él, eran las primeras personas que se acercaban a él, que no lo rechazaban  por ser diferente y, ¿por qué no? Por ser mejor que el resto. Él estaba sentado en ese parque al que no iba nadie, el del arco cubierto de enredaderas en la entrada, el parque al que los árboles prohibían la entrada al sol. Se acababa de tumbar, después de haberse fumado un porro. Le gustaba tumbarse, para relajarse completamente. Cerraba los ojos y era como si entrase en trance. Después, recordaba que se levantó, sacó de su bolsillo una bolsita llena de cristalitos minúsculos. Se chupó el dedo y lo metió dentro, para que unos cuantos se quedasen pegados. Sacó el dedo de la bolsita y se lo chupó. Metilendioximetanfetamina. Entonces pasaba de la relajación de los porros a un estado de euforia, del MDMDA. Se sentía casi como si volara. Estaba solo, de  pié en mitad del parque, se puso a dar vueltas sobre sí mismo. Las hojas verdes de los árboles se fusionaban en una masa heterogénea del mismo color, parecía que el tiempo se paraba y que quedaba encerrado en una burbuja verde. Entonces empezó a ver puntitos de colores dentro de su burbuja  verde, y luego manchas, dos grandes manchas, una roja y otra verde. Paró en seco. Bueno, su cuerpo paró en seco, su cerebro siguió dando vueltas casi un minuto más, y cuando paró, aun con el M chispeando en un canon de cortocircuitos en sus neuronas, esas dos manchas no estaban. Silencio absoluto, pupilas dilatadas en busca de máxima concentración, unos segundos de tensión y una repentina garra tapando su boca, con fuerza. Intentó gritar, inútilmente.

-Eh, eh, eh, tío, por favor, no hagas ruido, corre, escóndete aquí con nosotros, pero no hables.

La mancha roja se había vuelto a materializar delante de él. Tenía forma de chico de último curso de instituto, con la mochila colgada de un solo hombro y su cara ovalada coloreada de un rojo sanguíneo propio de una carrera delante de la policía. Marc obedeció, el colocón no se había terminado de extinguir, y le apeteció seguirles el juego. Los dos, mancha roja y verde, se agazapaban detrás de un banco, ¡inocentes! Marc corrió hacia el segundo banco empezando por la izquierda, donde el seto de detrás, que había crecido a lo ancho algo más que el resto, dejaba un espacio vacío en el que podían caber los tres.

-Acabáis de descubrir la guarida del lobo. Esto es privado, asique no me gustaría ver por aquí a nadie, ¿entendido?- Media sonrisa y breve guiño de ojos azules, y mensaje captado por las otras partes. Marc no era muy simpático, verdaderamente no tenía costumbre de relacionarse con el resto de la población mundial, pero no le importaba demasiado, no era de los que se deprimían por ello, en ningún caso se sentía inferior a los demás. De hecho sabía, nunca había dejado de saber que pertenecía a una categoría superior. 

Y ese hueco… ese hueco era fruto de sus sueños más íntimos, de las escapadas de casa para buscar algo diferente a la relación incómoda que tenía con sus padres, un paso propio hacia el aislamiento en busca de sus sueños. Cuando se acordaba de Rebeca, se refugiaba allí, llevaba haciéndolo casi diez años. Ese día era de los que el viento y sus piernas irracionales le habían llevado hasta allí, y de los que el cielo gris con sus grises nubes preñadas de tormentas le había recomendado no meterse en el matorral. No era buena idea meterse en un agujero como ese cuando está a punto de diluviar. Esas dos manchas personificadas aún tenían la respiración entrecortada y el rubor en sus mejillas, y a duras penas podían dejar de mirar a través del seto hacia la entrada del parque.

-Muchas gracias, tío, nos has salvado la vida. Me llamo Carlos- Le tendió la mano a Marc, que la miró un poco extrañado antes de dársela. Era el chico de la sudadera verde. –Él es Edu.

-Yo soy Marc.

Pisadas fuertes y rápidas, frenaban de golpe. Entre las hojas se distinguían tres cuerpos vestidos de policía. Unos segundos más tarde, dan el parque por vacío y continúan su persecución. Dentro del matorral, los dos chicos se deshacían en suspiros de alivio. No sabía si era por la alegría y el alivio de aquellos dos chicos con sudaderas al deshacerse de la policía –pronto Marc confirmó su teoría de que les habrían pillado con algo de hierba-, o porque Marc seguía colocado, pero al día siguiente quedaron otra vez. Y así sucesivamente durante unos cuantos meses, en los que se habían convertido en lo más parecido a un amigo que había tenido nunca Marc. En verdad no se necesitaban, Marc no compartía ningún secreto con ellos dos y viceversa, al igual que ellos dos no habrían dado nada por él, y viceversa. A Marc le parecían demasiado infantiles, todo el rato pensando en el sexo que no tenían, en videojuegos y en cosas insustanciales, y ellos pensaban que él era jodidamente raro, que no daba el más mínimo indicio de tener vida social. No había ninguna razón coherente por la que salieran juntos, pero no habían dejado de hacerlo.

Esa tarde de diecinueve de noviembre, como las demás junto a Edu y Marc, se resumió en unos cuantos porros y una cantidad similar de botellines de cerveza. Entre trago y trago, Edu y Marc comentaban el tiempo que llevaban sin pillar cacho, y Marc los escuchaba, o hacía como que los escuchaba mientras sus pensamientos divagaban irracionalmente. Y, por primera vez desde que ocurrió, a alguno de los dos se le ocurrió mencionar a la chica desnuda de la ventana.

-Bff, aquello fue impresionante, el mejor polvo de mi vida- Pero el hecho de que la situación fue compartida por los tres, daba un tono tenso e incómodo a la situación, quizá por ello ninguno lo había mencionado antes.-Y ni siquiera sabemos cómo se llamaba.

En realidad, eso no era del todo correcto, Marc sí que sabía cómo se llamaba. Y que tenía un lunar en la nuca que quedaba un par de centímetros a la izquierda de la raya que partía su madre cuando le hacía dos trenzas, hacía casi diez años. Y también sabía que sus ojos te contaban diez mil historias antes de cerrarse en el próximo parpadeo, pero que todas las dejaba a medias con sus enigmas sin resolver.

Sus ojos. Era eso lo que faltaba en su exposición. Y se levantó, y echó a correr ante la atónita mirada de Carlos y Edu, que, aunque se podían esperar cualquier cosa de él, nunca dejarían de sorprenderse. 

sábado, 17 de diciembre de 2011

XXI. Infinita ingenuidad, ilusión centesimal.


Esos días alejada del mundo real, viviendo su pequeño cuento de hadas sólo con él le habían sentado bastante bien. Ya llevaban cuatro, era domingo, veinte de noviembre. Al principio habían planeado estar sólo tres, pero decidieron aprovechar del todo el fin de semana, y salir de regreso esa tarde hacia Madrid. Amélie y Ángel comían en un exclusivo restaurante desde el que un acantilado ofrecía una abrupta vista al mar. Jerséis y vaqueros para los dos, un bolso de Versace en el regazo de ella, y él con un vaso del mejor vino en la mano derecha. Una cristalera haciendo de paredes y techo del restaurante les resguardaba del lluvioso noviembre cantábrico. Habían acabado perdiéndose en el norte, haciendo cada noche en un hotel cinco estrellas distinto de toda la costa cantábrica. Esa tarde, sin embargo, pensaban pasarla en un hotel asturiano en el que habían reservado una suite esa mañana.

Tras acabar el exquisito postre y darse cuenta de que la inclemente lluvia no les iba a permitir salir al exterior, se encaminaron hacia el hotel. Habían alquilado un coche pequeño pero elegante, ya que pese a que la intención era perderse sin destino, al final tuvieron que elegir uno en el aeropuerto y dejar el coche de Ángel en Madrid. No era tan amplio como el Audi, pero eso no había sido ningún impedimento para que tardaran menos de veinticuatro horas en profanarlo. Ahora Ángel aparcaba a las puertas del lujoso hotel. A continuación ascensores, caricias, pasillos, besos, burbujas de champán perdidas en copas que brindaban bajo el susurro de un “por nosotros” lleno de adjetivos. Después, algo de ese sexo cotidiano pero nunca monótono, y ambos quedaron dormidos ante la tarde gris que lucía triste la ventana.

Pisadas, movimiento y un inoportuno objeto que se caía al suelo despertaron a Amélie. Había abierto los ojos, pero no se había movido. Sólo veía y escuchaba a Ángel vistiéndose y peinándose, rociándose de perfume y cogiendo la cartera y una de las tarjetas que abrían la puerta de la habitación, dispuesto a marcharse. Y así lo hizo, y Amélie, confundida, permaneció callada, volvió a cerrar los ojos y a intentar dormirse otra vez.

Media hora más tarde se volvía a despertar. Estaba un poco preocupada. Es verdad que no llevaban juntos tanto tiempo como para no tener secretos el uno con el otro, de hecho, nunca habían hablado de sus respectivas vidas antes de conocerse –y Amélie así lo prefería-. Sin embargo, podría haberle dado una mínima explicación. Estaba muy confundida, no entendía nada ¿Por qué había esperado a que ella se durmiera y se había ido a escondidas?. En la amplia y lujosa habitación del hotel, el aire cargado de rancias preocupaciones y desconfianzas se comenzaba a viciar. Mejor sería que saliera de allí a tomar el aire, total, estaba de vacaciones, y Ángel no le había dicho que le esperase allí –de hecho, no le había dicho absolutamente nada-.

Volvió a ponerse los vaqueros de esa mañana. Azules, elásticos y ajustados, pitillo, y los zapatos que le había regalado Ángel el día que se fueron. Sustituyó el jersey beige por una camiseta de color turquesa apagado algo ancha que se deslizaba como río abajo por su hombro izquierdo. Pero no demasiado. Recuperó el bolso Versace, dispuesta a dar una vuelta por el hotel. No era un hotel de esos tan grandes que no podrías recorrerlo en tres vidas; era uno de esos exclusivos, de apenas quince o veinte habitaciones, pero contaba con pistas de golf y tenis, un discreto pero buen balneario, y un pub decorado al estilo de los años cuarenta americanos. Para el reducido número de habitaciones del hotel que hacía suponer un máximo de cincuenta o sesenta personas, el bar era bastante popular, sin perder su exclusividad. Habría unas cuatro o cinco mesas llenas en su mayoría de hombres, de todas las edades. Desde un par de grupos de amigos de unos veinte o veinticinco años –de la edad de Amélie, aproximadamente- hasta parejas que rondaban los sesenta. Otra mesa que reunía a tres mujeres sobre los cuarenta y tantos, probablemente madres de algunos de los veinteañeros, daba el toque final al grupo elitista que se concentraba en el local.

No sabía si acercarse a la barra o sentarse en una de las pocas mesas que aún quedaban libres, pero al final se decantó por la barra. Le atendió un camarero vestido de blanco, un chico de color que no llegaría a los veinticinco. Pidió un whisky con naranja, como el día que Ángel apareció de repente en aquel garito de mala muerte en la esquina donde Amélie se dejaba comprar tan barata. Se acordó de que nunca le había llegado a preguntar a Ángel qué hacía allí. La verdad es que la relación entre ambos era algo rara. En el fondo, Amélie seguía prostituyéndose, le ofrecía su compañía y su sexo a cambio de que Ángel la mantuviera por completo. Pero, aunque no hubiera demasiadas palabras, había algo más, un sentimiento…

-Tú no tienes edad para beber- El camarero la sacó de las nubes, con una sonrisa blanca resplandeciendo entre su rostro oscuro.
-Si yo no la tengo para beber, tú tampoco para servir alcohol- contestó Amélie con ese acento francés tan provocativo. Sacó del bolso su DNI, y se lo tendió al camarero.
-¡Vaya! ¡Eres mayor de lo que pensaba! Por cierto, bonito nombre, Amélie, ¿Eres francesa?
-Gracias. Sí, nací allí, aunque llevo ya muchos años en Madrid. ¿Cuántos años me echabas?
-No lo sé, quizá unos diecisiete bien desarrollados, como mínimo. Tienes cara de niña. –Le guiñó un ojo. Curiosamente los tenía verdes. –Yo tengo veinte, me llamo Sergio. –Tendió su mano en busca de la de Amélie y le dio un beso en ella.

La chica sonrió y él se alejó al otro extremo a atender a otros clientes. Era muy guapo. Le dio el primer trago al whisky. Estaba muy bueno, o quizá sólo era por los recuerdos que traía consigo ese sabor. No eran muchos, pero eran importantes. Agridulces, pero inolvidables. La primera vez que bebió…

Se llamaba Eva, como la primera mujer. Para sus trece años, era una niña egocéntrica, manipuladora y cruel, pero la única que se había acercado a Amélie tres años antes, cuando la pequeña aparecía entre las verjas de un colegio de la mano de unos padres postizos que ni siquiera hablaban su idioma. Amélie no entendía nada, no sabía dónde estaba, acababa de llegar a España y no entendía ni una palabra del idioma. La habían dejado al lado de la puerta, y mientras los otros niños jugaban alegres, ella esperaba ahí quieta a que pasara algo, un poco nerviosa, pero sin llorar. Tenía diez años y ya hacía tiempo que no lloraba. 

Entonces, otra niña con un precioso pelo oscuro que caía en cascada hacia la mitad de su espalda, se acercó, llamó su atención tocándole en el hombro y le sonrió, luciendo una pequeña dentadura mellada de dientes de leche. Tres años después, Amélie había pedido permiso a sus padres para ir a la fiesta de cumpleaños de Eva. Ya no eran tan niñas, tenían de nuevo todos los dientes, y Eva le bajaba los pantalones a un chico de quince en el baño de su propia casa, llena de gente, mientras Amélie esperaba en la puerta vigilando por si se acercaba al cuarto de baño la madre de Eva. Cuando acabaron, Eva salió del baño retocándose un maquillaje que sobraba a su edad, y, cuando dos minutos más tarde aquel chico salía del baño mientras Amélie lo esperaba en la puerta, la madre de Eva entró en el baño, descubriendo el envoltorio de un condón olvidado en el suelo.

-No me esperaba esto de ti, Amélie, yo que soy tu única amiga. Y tú… ¡te follas a un tío en mi casa, en mi cumpleaños!- Eva, la niña perfecta de papá y mamá nunca levantaría sospecha, pero Amélie… siempre las culpas de Eva caían sobre ella, y siempre las aguantaba. Esa noche, aunque había sido una de las peores, la reacción de Amélie no cambió. En silencio e incapaz de mirar más arriba del suelo, se fue de allí.

Iba andando por calles que ni siquiera conocía, sola, con trece años y un vestido de fiesta tan ensuciado como su orgullo. Entonces, un coche frenó a su lado. Era un hombre, no lo conocía. Bueno, en realidad no debía tener ni treinta años, y tenía cara de simpático. No sabía cómo, pero acabó en un pequeño bar con él, sin decirse una sola palabra. No quería pensar en cómo había acabado allí, ni en por qué se había subido al coche de un desconocido. No quería saber nada de su vida, sólo pidió un whisky con naranja para darle a ese chico la impresión de ser algo mayor y más segura de lo que en realidad era. El primer trago no le estuvo tan bueno como imaginó, pero lo soportó. Soportó la copa entera, entonces el chico pagó, la agarró de la cintura, la miró a los ojos, y mientras la besaba metía su mano bajo el sucio vestido de fiesta de Amélie. Sucio como sus intenciones. Y esa noche, Amélie dejó que le robaran su virginidad, con el sabor del whisky con naranja aún entre sus dientes, mezclándose con la saliva de ese desconocido que le quitaba lo poco que le habían dejado de inocencia.